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sábado, 26 de septiembre de 2015

¿Pasar página?

   Julio estaba en el lugar favorito de su ciudad, el mirador del monte de Gibralfaro. Había dejado su cara bicicleta tumbada cerca suya. Sentándose con los pies al vacío, pasaba horas contemplando el pequeño centro de la ciudad de Málaga.

   Desde ahí arriba, todo le recordaba más a un hormiguero que a una ciudad: gente entrando y saliendo de tiendas, bancos, restaurantes y parques, formando parte del complejo mecanismo que da vida a una ciudad.

   Le encantaba imaginar hacia dónde se dirigiría cada una de las personas que corrían apresuradas de un lado a otro. En ocasiones, se imaginaba a una chica bajo la ventana de su novio lanzándole piedrecitas para que se asomase y sorprenderle. A veces, un atareado hombre de negocios llegaba tarde a la reunión para cerrar un importante trato, pero todos ya se habían marchado y éste se lamentaba en un solitario despacho. Imaginaba también a dos jóvenes enamorados enfadados por cualquier tontería, deshaciendo para siempre lo que pudo haber sido una bonita historia de amor.

   Julio nunca se había sentido tan solo, aunque puede que disfrutase su soledad al haberse acostumbrado a ella. Aprendes muchas cosas cuando tan sólo te tienes a ti, se decía. Dedicas tiempo a escucharte, buscas respuesta a muchos sinsentido y -quizá lo más importante- piensas en tus raíces, en el camino que has trazado, en las huellas que has ido dejando, en tu pasado. El pasado es convulso, de eso estaba seguro. Es difícil recordar ciertas emociones, sensaciones, olores o momentos, por mucho que lo intentes.

  Le pareció reconocer a la misma chica que algún día significó tanto para él. Vio cómo cruzó la calle apresuradamente y desapareció de su vista tras un edificio. Todos los momentos que compartieron en el pasado acudieron atropelladamente a su cabeza. Se le aceleró el corazón y tuvo que contenerse para no bajar corriendo a su encuentro. Nunca la había olvidado del todo; es más, su soledad se llenaba de posibilidades ya imposibles. Revivía cada momento desperdiciado entre llantos, peleas y celos y se odiaba a ratos.
   Julio salió de su ensimismamiento tan rápido como ella desapareció tras aquel edificio. "El pasado, pese a ser convulso, es inalterable", había concluido días atrás. Debía pasar página.

   Se levantó, montó en su bicicleta, retrocedió unos metros -los suficientes para coger carrerilla-, respiró varias veces y, a toda velocidad, saltó al vacío desde el mirador.

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