Era un funeral a ataúd abierto y con acceso a la cámara frigorífica, a petición de la familia. Sin cesar en su avance, los altos tacones resonaban a cada paso por toda la sala. Abrió la puerta que daba al féretro y, tras cerrar con cuidado, se acercó al que había sido la persona más importante para ella en los últimos veinte años.
Llenó de carmín sus fríos labios y quitó de su rígido dedo el anillo que los unió en el altar quince años atrás. Antes de irse, abrió su pequeño bolso blanco y depositó una hoja de papel doblada bajo su inerte mano.
Alba salió de la sala tan rápido como hubo entrado. Fuera la esperaba el chico al que había conocido esa misma noche, al que besó, rodeó con sus brazos y rogó que se casase con ella al día siguiente mientras deslizaba el frío anillo entre sus dedos.
"Te echaré de menos, querido, pero desde siempre nos enseñaron a seguir adelante pase lo que pase, por mucho que sintamos. Siempre supiste que yo aprendí muy bien esa lección. Te quiero, pero no para siempre".
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