El Ártico parecía más pequeño en los mapas,
menos frío, con menos glaciares
y más maldiciones.
No me embarqué en busca de icebergs,
quería poder.
Aquel que sólo el que lo tiene puede describir,
aquel por el que tanta gente mató y murió.
Oigo gritos fuera.
El frío aire cargado de salitre me golpea al salir a cubierta,
la gente se aparta de mi camino y me dirijo a proa.
Una enorme cueva se divisaba frente a nosotros,
superaba unas diez veces en altura a nuestro barco:
habíamos llegado.
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