Nuestro grado de felicidad depende de cómo reaccionamos ante situaciones. Es muy fácil hundirse si no encajamos bien los golpes.
Al tener un aparatoso accidente de tráfico, hay gente que acaba con miedo a la carretera y otra que, simplemente, se convence de que fue un despiste, repara su coche y continúa conduciendo.
El mundo no acaba nunca, pero nos empeñamos en creer que sí. De hecho, siempre sigue girando, con nosotros o no. La única persona con la que vas a poder contar siempre es contigo mismo y, el único momento cierto, el ahora.
Tu situación actual no es la definitiva. El dinero que tengas no va a ser el único que vas a tener a lo largo de tu vida. Experimenta, prueba, piensa menos, siente más.
Posponemos la felicidad interminablemente, excusándonos en que necesitamos X cosa para sentirnos bien o estar plenos. "Si tuviese pareja sería feliz", "Cuando tenga una nueva cámara haré mejores fotos". Desperdiciamos tiempo y luego nos lamentamos de no haber tenido más. Nos hundimos por tonterías y perdemos la perspectiva global.
Nos hacemos daño creyendo que es inevitable cuando, de hecho, todo depende en última instancia de nosotros.
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